Hay una paradoja que se repite en los viajes: regresamos a casa con varias prendas que nunca salieron de la maleta y, aun así, a veces sentimos que no teníamos qué ponernos. Tal vez el problema no sea cuánto llevamos, sino qué tan bien elegimos.
Empieza por pensar en conjuntos, no en prendas. Elige una paleta de colores que permita combinar casi todo entre sí y favorece piezas capaces de acompañarte en distintos momentos del viaje. Esa camisa que funciona de día y para salir a cenar vale mucho más que una prenda reservada para una sola ocasión.
También conviene pensar en el lavado. Siempre que puedas, lleva ropa fácil de lavar y secar y evita depender de prendas que necesiten lavado en seco. En viajes largos, especialmente si te alojas en un departamento con lavadora, hacer una carga a mitad del camino puede reducir lo que necesitas empacar.
Después viene el arte de hacer que todo quepa. Enrollar algunas prendas ayuda a aprovechar espacios; calcetines y objetos pequeños pueden viajar dentro de los zapatos. Y si llevas una chaqueta, botas o tenis voluminosos, mejor úsalos durante el vuelo.
Viajar con menos significa cargar menos, decidir menos y moverse con mayor facilidad. Incluso queda espacio para algún descubrimiento del camino.
Porque la mejor maleta no es la que consigue llevarlo todo. Es aquella en la que no sobra nada.