Permiso para aterrizar

Bacalar

Laguna mágica de la selva maya

Por: Luza Alvarado
Fotos por: Bernardo Buendía

En el extremo sur de Quintana Roo, lejos del turismo masivo de la Riviera Maya y a media hora del aeropuerto de Chetumal, Bacalar brilla con sus siete colores.

Al mirarla desde las alturas se entiende por qué la llaman la Laguna de los Siete Colores. Enmarcada por la selva, sus aguas son un destello que va del turquesa al verde, pasando por el jade, el azul cielo, el índigo y otros tonos para los que aún no tenemos nombre. Al contemplarla desde la orilla, uno queda hipnotizado por su belleza. En este rincón de la península (Quintana Roo, esquina con Belice y Guatemala) las posibilidades de descanso y reconexión se multiplican exponencialmente.

Los tesoros de la selva

Hasta hace unos años, la vida en Bacalar giraba alrededor del Centro Regional de Educación Normal, donde se formaban los maestros de toda la zona. Atraídos por la belleza, la calma y las posibilidades que comenzaba a generar el turismo, quienes estaban de paso terminaron por quedarse. Las antiguas casas caribeñas de madera —todavía hay algunas en pie— cedieron su lugar a construcciones de cemento, y luego de la pandemia, atender a los visitantes se convirtió en la actividad principal de sus pobladores. 

La historia de Bacalar se remonta a la época prehispánica, cuando el grupo maya de los itzaes estableció en 415 d. C. un poblado con el nombre de Sian Ka’an Bakhalal. Durante los primeros años de la Conquista, este se convirtió en el asentamiento español más importante gracias a su cercanía con el mar, entonces única vía de acceso a la península. A comienzos del siglo XVII, a través del famoso Canal de los Piratas —el cual conecta la laguna con el río Hondo y su desembocadura en la bahía de Chetumal—, Bacalar fue asediada por bandidos europeos que venían en busca del “palo de tinte”, un árbol muy valioso que produce tintes rojos. De aquel tiempo data la principal estructura histórica del pueblo, el Fuerte de San Felipe. Dentro del bastión, su pequeño museo permite conocer episodios como la Guerra de Castas en el siglo XIX, con la cual los mayas intentaron librarse de las condiciones de explotación que vivían en las haciendas.

La cocina del mar en Bacalar tiene a uno de sus mejores exponentes en Kai Pez, con propuestas frescas y relajadas.

La laguna

La diversidad cromática de la laguna se debe a la composición del suelo, un tipo de arena caliza que refleja los rayos del sol. La luz que “proviene” del fondo es percibida por nuestro ojo como un color más o menos oscuro, dependiendo de la profundidad. 

Para vivir en primera línea este espectáculo, lo más práctico es hospedarse en alguno de los hoteles a pie de laguna: prácticamente todos tienen kayaks o tablas de remo disponibles para sus huéspedes, además de un muelle para contemplar el paisaje, tirarse clavados o facilitar el acceso de las embarcaciones más grandes. Hay que tener en cuenta que los miércoles, por motivos de conservación, la laguna “descansa” y no hay paseos.

El paseo en embarcación permite comprender que la laguna no es otra cosa que un enorme cenote abierto alimentado por las aguas desbordadas de los cenotes que la rodean, como el Azul, el Negro o el Cocalitos. Todos ellos se pueden visitar en embarcación. Y no hay que olvidar el traje de baño para zambullirse en sus aguas frescas. 

Casi todos los paseos tocan el Canal de los Piratas, la zona de estromatolitos (organismos de origen prehistórico) y llegan hasta el extremo sur, donde un estrecho canal conecta a Bacalar con la laguna vecina de Xul-Ha. El efecto embudo crea una leve corriente a la que los lugareños llaman “los rápidos”. Vale la pena echarse al agua y dejarse llevar por ella. 

Debes considerar que la mayoría de las entradas a la laguna son privadas o tienen costo, aunque aún quedan algunas con acceso gratuito. La más recomendable es la del Muelle Ecológico (Avenida 1 y Calle 36); además de ser tranquilo, este conecta con un andador elevado que permite observar la laguna y su zona protegida de manglar.

Uno de los encantos de Bacalar es la ausencia de centros comerciales; turistas y locales se surten en las tiendas pequeñas y coloridas del centro.

Un ritmo tranquilo

En las calles de Bacalar se siente el ritmo pausado de la vida. Las casas se mezclan con tiendas de abarrotes, farmacias, pequeñas fondas, panaderías y tortillerías, en fin: negocios de locales para los locales. Para vivirlo, basta caminar por los alrededores de la antigua Parroquia de San Joaquín o del mercado, donde, por cierto, venden una cochinita pibil muy buena. Otra forma divertida de recorrer el pueblo es en una de las tantas bicicletas que están en renta.

En torno al jardín central se han establecido los restaurantes más turísticos; su oferta se centra en cocina italiana y algunas adaptaciones de la cocina mexicana. Un par de recomendaciones no tan genéricas son Nixtamal y Finisterre. Este último, además de ofrecer pasta fresca y buenos vinos, tiene una terraza perfecta para disfrutar una copa al atardecer. Si uno quiere probar cocina del mar, Kai Pez tiene una propuesta contemporánea y desenfadada, mientras que El Pejelagarto ofrece mariscos a buen precio en un ambiente auténtico y familiar.

El fuerte de San Felipe recuerda el asedio de los piratas que extraían de la selva bacalareña el valioso palo de tinte.

Despertar con la naturaleza

En Bacalar el turismo se ha desarrollado a pequeña escala, pues la fragilidad de la laguna está en juego. Hay Airbnbs por todas partes, así como hoteles sencillos y opciones boutique como Casa Hormiga, donde los tratamientos del spa son la estrella. A la orilla de la laguna, Rancho Encantado cuenta con cabañas tan privadas o familiares como uno quiera. 

Uno de los hoteles que mejor han entendido la fragilidad del ecosistema de Bacalar es Azul Nomeolvides. Sus cabañas de diseño bioclimático están rodeadas de vegetación y tienen vistas insuperables. Solo ofrecen internet en el comedor, el uso de electrónicos es limitado debido a que emplean celdas solares y no disponen de música ambiental ni bocinas, porque aquí no hay sonido más valioso y necesario que el de la naturaleza. 

El hotel Azul Nomeolvides, además de una ubicación ideal, tiene como prioridad cuidar el ecosistema de Bacalar.

Escapada al pasado

El viaje a este rincón de la península estaría incompleto sin la visita a una zona arqueológica. Lo mejor es contratarla con una agencia de turismo local, pues sus guías conocen bien los caminos y comparten historias sobre la selva, la vida local y el intercambio cultural con Belice.

Entre los sitios cercanos, el que más vale la pena visitar es Kohunlich. Si bien el paisaje de la región ha sido transformado por la agricultura, conforme uno se aproxima a la zona arqueológica, la vegetación se alza en todo su esplendor. La selva de corozo, llamada así por la especie de palma que domina el paisaje, hace que la visita sea un deleite, pues además de la sombra, el viento entre las hojas produce un sonido similar al de una cascada. Lejos de ser monumentales, aquí las construcciones destacan por sus detalles geométricos y fascinantes. Sin duda, las estrellas de este sitio son los enormes mascarones de estuco que aún conservan restos de la pintura original.

Para quien tenga un ánimo más explorador, la recomendación es rentar un carro y lanzarse a Calakmul, la segunda reserva de la biosfera más grande del continente. En el corazón de esta selva se encuentra la zona arqueológica del mismo nombre: una de las ciudades más poderosas de su tiempo, rival de Palenque y de Tikal. Es necesario ir con un guía para no perderse, llevar buenos zapatos, agua y manga larga para protegerse del sol y los mosquitos. El avistamiento de especies silvestres es frecuente, desde coatíes hasta tucanes, hongos de colores, monos aulladores… Una vez en la cima de su pirámide más alta, no queda más que entregarse a la visión de la selva, conservada gracias a las comunidades. 

Si estás buscando un destino para relajarte, conectar con el pasado maya y dejarte envolver por los insospechados colores de la naturaleza, Bacalar es el destino para ti.

Todo viaje a Bacalar debe incluir un paseo en kayak o en velero, y muchas horas para relajarse y conectar con la naturaleza.

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